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A veces cuerdo
Eikasía Ediciones
Con
pórtico de Pere Gimferrer, este poemario de aforismos o rotundos
fogonazos corresponde al Medrano más auténtico, siempre en crisis
permanente. El libro fue íntegramente escrito una noche (la del 25 al 26
de mayo del 2007), bajo la alquimia de las persianas bajadas, las manos
temblorosas y los nervios a flor de piel. El autor pensaba en suicidarse
y, con tal de evitarlo, comenzó a escribir un pequeño poema cada diez o
quince minutos: pues tenía la intuición de que sólo así podría llegar
vivo al amanecer, que esa y no otra la única fórmula válida con tal de
sobrevivir. Al fondo del verbo, según DM, en todo momento, había un oso.
Se trataba de un oso de gran tamaño, dos metros por dos, que sólo se
calmaba al escuchar de los labios del autor la palabra:
“g-e-l-a-t-i-n-a”. Más allá del oso, siempre según Medrano, alguien
chascaba los dedos sin descanso; cualquiera diría fruto de algún extraño
blues o irreverente jazz. Por episodios –como nubes o secretos dentro de
la presente constelación- una mujer se metía un ratoncito vivo por el
coño todo el rato. De todo ello queda testimonio en este texto, raro por
encima de cualquier otra condición que, en iguales o muy similates
sintonías, podría quedar emparentado con rarezas celebérrimas: “Juego de
cartas” (Max Jacob), “Cente mille millards de poemes” (Raymond Queneau),
“Libro de los agujeros” (Francisco Pino) o “La prosse du Transsiberien”
(Blaise Cendrars). Sólo para cuerdos muy efímeros, ya se sabe.
El Viento Muerde
La Garúa Libros
El
presente poemario es “hecho lingüístico puro”, en lo que podría haber
dicho Roland Barthes o cualquier estructuralista que se precie. Por un
lado, siempre con Barthes a la cabecera, Medrano se declara el
sujeto-monstruo de Barthes: “aquel que constriñe al ser amado en una red
implacable de tiranías”. Por otro lado, siempre dentro de lo monstruoso,
fantasea su autor con toda clase de referencias culturales, en giro
novísimo o espeluznante: poema dedicado a Mozart aprendiendo a tocar el
piano, Aproximaciones diferentes a Giacometti, Bombardeos sobre Guernika,
Homenajes a Capote y Michaux, fascinación por Ezra Pound. A su aire, en
un ritmo y métrica muy personales, el autor hace esta “vigilia textual”,
como el mismo la denomina, en una de sus tantísimas otras fugas de otros
libros con los que estaba en ese momento, sin más calma o polaridad que
la de seguir perdiéndose. Libro de poemas que es libro de espejos y
libro de poemas, sí, que es novela, que es narratividad, en una travesía
de bohemia y cuadros tristes, por encima de cualquier otra contundente
plástica. Una inmensa boutade, la de haberlo titulado El viento muerde,
en razón a ciertos versos de Lorca (“Y sobre los tejados de pizzarra /
el viento, furioso, muerde”) cuando es todo lo contrario: concepto o
sensación, mucho antes que pandereta o luna roja.
El hombre entre las rocas
Arena Libros
Entre
Oficio de tinieblas 5 de Camilo José Cela –por buscar un orden nuevo y
díscolo dentro de la literatura- y los Pequeños poemas en prosa de
Baudelaire –por su carácter poético concentrado en la mínima estructura
narrativa- nace El hombre entre las rocas de Diego Medrano. Entre el
Oppium de Jean Cocteau –por su tentativa de diario en todo el trabajo- y
el Finnegan´s Wake de Joyce –en su plausible intento de fijar una
sintaxis por episodios, a través de fórmulas con las que el autor juega
y a las que no está dispuesto a renunciar- nace esta pequeña joya que
tiene ahora el lector entre sus manos. Con la libertad de Samuel Beckett
–dando curso al río verbal- y la afasia de un Louis Ferdinand Cèline
–despreocupado del estilo que su propio trabajo germina- elabora Diego
Medrano este pequeño artefacto verbal, sin parangón en nuestros días,
cuya modernidad es la de la propia tradición asimilada –los autores
citados y otros muchos- intentando su máximo aprovechamiento como azote
de conciencias y purga sublime de estilos.
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