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La soledad no tiene edad
Septem Ediciones
No
sé lo que soy. No sé quién soy. A veces, los días de lluvia, me descalzo
el zapato y, tras ponérmelo largo rato en la oreja, consigo hablar con
Jean Cocteau, Antonin Artaud o Franz Kafka. Cocteau tiene la voz de la
hierba mojada en primavera. Kafka, sin embargo, azotado por los
barbitúricos, casi no tiene voz: cualquiera diría que es un hilillo más
de fiebre en mitad de la nada. “Soy lo que voy dejando por el camino”,
le dije una madrugada a un borracho que me miraba con ojos lechales de
cordero degollado, creyendo que yo vendía biblias a domicilio. Antes
madrugaba mucho, sí, me gustaba ver a los yonquis, medio atontados,
darles besos terapéuticos y muy peligrosos a las mejores putas: las más
resistentes, las que la noche no había vencido todavía. Ahora ya no
madrugo. El tiempo de estos relatos (1997-2007) es el tiempo en el que
yo me creía el mayor vendaval que azotaba las calles de la crisis, las
hondas travesías del miedo y las alcantarillas del desamparo: todas las
callejuelas juntas de la locura. Aún hoy, sigo creyendo que sólo somos
miedo y sexo. Lo que hay entre medias, si no te asustas, puedes
encontrarlo en estas páginas: donde lo violento es troceado sin prisas,
haciendo lonchas de uno mismo para seguir viviendo. Y donde las manos
tiemblan porque son de oro. Y donde los espejos, tan simpáticos, sólo
nos devuelven magnífica podredumbre.
Los sueños diurnos. Manual para amantes, pobres y
asesinos
Cahoba
Presentada
esta obra por Javier Tomeo y Pere Gimferrer en Barcelona, resultó
brillantemente acogida por gran número de jóvenes. La obra no puede ser
más colosal ni pretenciosa: trescientos microrrelatos, con sus
respectivas tramas argumentales, más de seiscientos personajes. Textos
que, siguiendo la turbulenta senda de los microgramas de Robert Walser
en los manicomios de Herisau y Waldeau, aquellos textos que Walser
escribía sobre cualquier tipo de superficie (recibos, cartulinas,
solapas, blocs), Medrano escribe íntegramente en servilletas para
después reunirlos en el presente volumen. “Cansado de otros géneros, yo
buscaba algo breve, y así me convertí en una máquina literaria de las
servilletas de los peores lenocinios. Creo que escribí más de diez mil,
aunque aquí sólo hay trescientas. Las otras me las robarían, digo yo, o
las perdería. Aún no he podido dejarlo”, dijo en la presentación.
Sorprende la cantidad de citas que maneja en los textos: personajes
cultos en plena marginalidad, una revisión de la alta cultura en los
peores trances. Óptica singular y efervescente de los clásicos. Todo
tipo de maltratos. El autor citó a Nijinski aquella mañana en plena
efervescencia: “Quiero hacer el amor con mi hija y con mi madre”. En
números centros comerciales el libro fue puesto a la venta con una faja
artificial, grapando unos folios, que la editorial en ningún caso había
comercializado. Algunos textos hervían por su osadía. Medrano citaba a
Kafka sudoroso: “A partir de cierto punto no hay retorno. Ése el punto
que hay que alcanzar”. La edición, muy cuidada, resplandece con diversas
ilustraciones de Egon Schiele. La foto de Diego Medrano con el paraguas
es para colgarla de la habitación.
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