Diego Medrano


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La soledad no tiene edad
Septem Ediciones

La soledad no tiene edadNo sé lo que soy. No sé quién soy. A veces, los días de lluvia, me descalzo el zapato y, tras ponérmelo largo rato en la oreja, consigo hablar con Jean Cocteau, Antonin Artaud o Franz Kafka. Cocteau tiene la voz de la hierba mojada en primavera. Kafka, sin embargo, azotado por los barbitúricos, casi no tiene voz: cualquiera diría que es un hilillo más de fiebre en mitad de la nada. “Soy lo que voy dejando por el camino”, le dije una madrugada a un borracho que me miraba con ojos lechales de cordero degollado, creyendo que yo vendía biblias a domicilio. Antes madrugaba mucho, sí, me gustaba ver a los yonquis, medio atontados, darles besos terapéuticos y muy peligrosos a las mejores putas: las más resistentes, las que la noche no había vencido todavía. Ahora ya no madrugo. El tiempo de estos relatos (1997-2007) es el tiempo en el que yo me creía el mayor vendaval que azotaba las calles de la crisis, las hondas travesías del miedo y las alcantarillas del desamparo: todas las callejuelas juntas de la locura. Aún hoy, sigo creyendo que sólo somos miedo y sexo. Lo que hay entre medias, si no te asustas, puedes encontrarlo en estas páginas: donde lo violento es troceado sin prisas, haciendo lonchas de uno mismo para seguir viviendo. Y donde las manos tiemblan porque son de oro. Y donde los espejos, tan simpáticos, sólo nos devuelven magnífica podredumbre.

 

Los sueños diurnos. Manual para amantes, pobres y asesinos
Cahoba

Los sueños diurnosPresentada esta obra por Javier Tomeo y Pere Gimferrer en Barcelona, resultó brillantemente acogida por gran número de jóvenes. La obra no puede ser más colosal ni pretenciosa: trescientos microrrelatos, con sus respectivas tramas argumentales, más de seiscientos personajes. Textos que, siguiendo la turbulenta senda de los microgramas de Robert Walser en los manicomios de Herisau y Waldeau, aquellos textos que Walser escribía sobre cualquier tipo de superficie (recibos, cartulinas, solapas, blocs), Medrano escribe íntegramente en servilletas para después reunirlos en el presente volumen. “Cansado de otros géneros, yo buscaba algo breve, y así me convertí en una máquina literaria de las servilletas de los peores lenocinios. Creo que escribí más de diez mil, aunque aquí sólo hay trescientas. Las otras me las robarían, digo yo, o las perdería. Aún no he podido dejarlo”, dijo en la presentación. Sorprende la cantidad de citas que maneja en los textos: personajes cultos en plena marginalidad, una revisión de la alta cultura en los peores trances. Óptica singular y efervescente de los clásicos. Todo tipo de maltratos. El autor citó a Nijinski aquella mañana en plena efervescencia: “Quiero hacer el amor con mi hija y con mi madre”. En números centros comerciales el libro fue puesto a la venta con una faja artificial, grapando unos folios, que la editorial en ningún caso había comercializado. Algunos textos hervían por su osadía. Medrano citaba a Kafka sudoroso: “A partir de cierto punto no hay retorno. Ése el punto que hay que alcanzar”. La edición, muy cuidada, resplandece con diversas ilustraciones de Egon Schiele. La foto de Diego Medrano con el paraguas es para colgarla de la habitación.

 

 

 

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